No-nacionalismo y reductio ad Hitlerum

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En los últimos meses hemos estado asistiendo a un aumento, en frecuencia y en intensidad, de las comparaciones entre el nacionalismo o el independentismo catalanes y el nazismo. Una analogía cuyo simple uso significaría, en cualquier sociedad moderna y avanzada, el descrédito y la condena automática hacia su autor y la finalización inmediata del debate, según la Ley de Godwin. Estos ejemplos de reductio ad Hitlerum, junto al ya clásico español reductio ad etam, no son desgraciadamente hechos aislados ni sorprendentes, pues parece ser que existe desde hace tiempo un sector de la población que, por algún motivo que desconozco, no se debe considerar parte de esta sociedad avanzada y opta por seguir participando activamente en este despropósito a base de vomitar bazofia de este estilo.

Estas comparaciones forman parte en realidad de un discurso más amplio que incluye todo tipo de descalificaciones, amenazas, mensajes apocalípticos, etc. Lo cierto es que dicho discurso ha existido y existirá siempre, y debemos aprender a convivir con él, a rebatirlo o a ignorarlo. Es el efecto colateral de la democracia y la libertad de expresión, pues es imposible y no recomendable -aparte de antidemocrático y liberticida- tratar de controlar y censurar qué dice cada uno de los millones de individuos de una sociedad. Pero lo que sí es triste, grave y preocupante -y no debería ser permitido bajo ningún concepto- es que este discurso venga de diputados, políticos, partidos políticos, representantes sindicales, fiscales, jueces, militares, periodistas, redactores, etc. Porque cuando miembros de todos y cada uno de los pilares que sustentan un sistema democrático sucumben a estas argumentaciones de baja intelectualidad, es señal de que dicha democracia está enferma. Y cuando los propios elementos de control y contrapoder de los que dispone el sistema no hacen nada para evitarlo, es que se trata de una enfermedad ya crónica e irremediable y, por tanto, lo mejor es desvincularse de ella.

Comparación entre un acto independentista y uno del partido nazi perpetrada por el Partido Popular de Altafulla

Siempre habrá alguien que me dirá que esto pronto será el pasado y que actualmente nos encontramos en medio de un proceso de regeneración democrática y política. Sí, ya saben, la entrada de nuevos partidos políticos “que no son de izquierdas ni de derechas” y “amantes de la libertad y la democracia” y que se autodenominan “no nacionalistas”. Sí, sí, esos, los representantes de la “sociedad moderna y avanzada” que he mencionado más arriba, vamos. ¿Sí? ¿Seguro? Pues va a ser que no. Sólo hay que pasearse un rato por la hemeroteca y buscar publicaciones de los diputados de C’s (Albert Rivera, Jordi Cañas -usuario habitual de términos como ‘nazionalista’ o ‘kukluxcat’-, etc.) o de sus análogos españoles (como el bufón Toni Cantó), para ver cuál es el eje central de su discurso. ¡Oh, sorpresa! ¡Pero si estos regeneradores representantes de la modernidad resulta que están en los que con más frecuencia e intensidad nos llaman nazis, terroristas y fascistas!

Pero… ¿qué ha sucedido para que estos autoconvencidos abanderados del no-nacionalismo moderno y regenerador hayan sido abducidos por el clásico discurso nacionalista español más rancio y hayan sucumbido a estos pseudoargumentos que en Alemania, por ejemplo, serían denunciables? Mi opinión es que se han quedado estancados en el primer nivel del juego de la intelectualidad y no han llegado ni al punto de preguntarse por las definiciones de nacionalismo, de identidad nacional o incluso de nación misma. Para un no-nacionalista, las cosas son así y punto. Y cuando alguien ni siquiera se hace la pregunta, difícilmente tendrá la oportunidad de profundizar en la respuesta. Dudo mucho que sepan bajo qué criterio se puede considerar a una persona nacionalista y a otra no, en el supuesto que exista una línea que los separe (que en mi opinión, no la hay). Eso sí, que no lo sepan no impide que ellos mismos no se hayan creado su propio criterio: “todo aquel que no se identifique con la misma bandera que yo es nacionalista”. Obviando que el mero hecho de darle un significado -“bueno” o “malo”- a una bandera ya es una forma de imponer una identidad nacional e inherentemente un principio de nacionalismo.

“Todo aquel que no se identifique con la misma bandera que yo es nacionalista”

Yo mismo siempre me he considerado no-nacionalista, de la misma manera que me considero no-socialista, no-comunista, no-liberal, no-conservador, etc., en el sentido en que no comparto muchos aspectos del nacionalismo, socialismo, comunismo, liberalismo o conservadorismo, respectivamente. Pero esto no quiere decir que sea un ingenuo, y por eso doy por hecho que en el fondo sí soy en parte nacionalista, como también podría ser en parte socialista, comunista, liberal, conservador, etc. Aunque, sinceramente, me importa un pimiento que se me considere una cosa o la otra. No me apetece perder ni un segundo de mi tiempo en justificar algo que sabe cualquier persona con sentido común.

En este artículo que escribí hace unos meses explico por qué estoy a favor de la independencia de Catalunya, y en este otro explico por qué estoy a favor de la inmersión lingüística, y ello no me convierte en un nacionalista, como tampoco me convertiría en un no-nacionalista el no hacerlo. ¿Acaso soy nacionalista únicamente porque tengo una identidad nacional catalana? ¿Sí? Pues perfecto, lo soy. Pero entonces, también debería ser considerado nacionalista español porque soy seguidor de la Roja, ¿no?. ¿Debería también serlo Albert Rivera cuando publica sus fotos y comentarios cuando esta juega? ¿Será también nacionalista un brasileño que vive en Barcelona y tiene una bandera brasileña en su habitación? En resumen, ¿será nacionalista todo aquel que tenga una identidad nacional o se identifique con una bandera? Pues resulta que según estos iluminados no-nacionalistas, la respuesta a la primera pregunta debería ser sí y a las siguientes, no. Este razonamiento se puede explicar con una única palabra: estupidez.

Pero es que la batería de contradicciones e incoherencias no acaba ahí. La lista de lo que yo denomino “paradojas no-nacionalistas” es infinita:

  • Alardear de que las personas están por encima de los territorios para luego oponerse a consultar a estas mismas personas en referéndum
  • Llenarse la boca con que los partidarios a la independencia son minoría y no dejar que se lleve a cabo un referéndum para comprobarlo
  • Sentenciar que una consulta rompe la convivencia y a la vez defender que la imposición de facto del ‘NO’ no la rompe
  • Visitar el consulado de USA el 4 de julio para felicitarlos por su “Día de la Independencia” y a la vez afirmar que las declaraciones de independencia son ilegales (deben suponer que Thomas Jefferson firmaba en realidad las notas de su hijo o algo así. Si no, no se entiende)
  • Acusar a los independentistas de etiquetar a “buenos” y “malos” mientras van llamándolos nazis, terroristas o fascistas
  • Criminalizar la presencia multitudinaria de banderas en balcones, eventos deportivos, culturales, etc. y luego decir lo contrario cuando las banderas son españolas (ver figura más abajo)
  • Levantar cielo y tierra por la supuesta imposición del catalán y no decir ni una sola palabra por la del castellano (el día que se enteren de que entre 2009 y 2011 hubo 202 leyes que obligaban a etiquetar en castellano y se pusieron un total de 114 multas en comparación con las 0 multas por no etiquetar en catalán, les explotará el cerebro)
  • Criticar el gasto de Catalunya en política exterior cuando esta se encuentra en el puesto número 14 en el ránquing de gasto por habitante en este apartado (en otras palabras, de las 17 autonomías, existen 13 que gastan más que Catalunya) y representa un 54% menos que la media española. (Un dato: todas las ’embajadas’ catalanas juntas cuestan 10 veces menos que el Instituto Cervantes y la RAE)
  • Criticar unas hipotéticas subvenciones a Òmnium Cultural, entidad que des hace años renuncia a recibir subvenciones, y no decir nada de los 3,3 millones de euros anuales que recibe la fundación FAES, presidida por Don José María Alfredo Aznar López.
  • Etc.

En fin, me pasaría horas y horas listando paradojas. Si queréis más, sólo hay que buscar “no nacionalista” en Twitter, por ejemplo, y tendréis diversión para rato.

Ejemplo de incoherencia del no-nacionalismo

Y es que, recordad, todo el mundo es no-nacionalista respecto a la bandera que no es suya.

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